Entre la presión familiar, las expectativas sociales y un mercado laboral incierto, elegir qué estudiar significa buscar un equilibrio entre lo que apasiona y las oportunidades reales de futuro. Especialistas entregan claves y matices para tomar decisiones informadas y proyectar trayectorias que combinen motivación y posibilidades de empleo futuro.
Elegir una carrera no es una decisión sencilla. Entre la presión familiar, las expectativas sociales y la gran oferta de programas que existen, muchos jóvenes se enfrentan a la clásica pregunta: ¿seguir la vocación o priorizar la empleabilidad? La respuesta, más que optar por uno u otro extremo, pasa por encontrar un equilibrio que permita proyectarse con sentido y, al mismo tiempo, con oportunidades reales en el mercado laboral.
En Chile, la deserción al primer año en educación superior bordea el 30%. Parte de esos casos se relaciona con no haber seguido una verdadera vocación, aunque reducir el fenómeno a esa sola causa sería reduccionista.
“La vocación efectivamente influye en la decisión inicial de qué estudiar y puede relacionarse con la deserción del primer año. Pero reducir el fenómeno solo a la falta de vocación sería simplista: también pesan las expectativas familiares y sociales, el origen socioeconómico, el rendimiento académico y, por supuesto, los apoyos que entrega la propia institución”, explica Leonora Mendoza, vicerrectora Académica de la Universidad de Santiago.
La vocación no es un concepto abstracto: tiene que ver con los intereses, habilidades y motivaciones que cada persona descubre en su trayectoria escolar y personal. Conocerse a sí mismo —preguntarse qué disfruto hacer, en qué destaco y qué problemas me interesa resolver— es el primer paso para tomar una decisión consciente.
Desde la Universidad de Las Américas (UDLA) ponen el acento en ese autoconocimiento acompañado de datos concretos. “Lo primero es tener claro en qué soy bueno y qué me interesa, apoyándose en tests vocacionales para acotar opciones. A eso se suman los ensayos y simuladores, que permiten contrastar la motivación con la factibilidad real de ingresar a esa carrera”, señala Jaime Navarro, vicerrector de Admisión de la UDLA.
Si la vocación aporta motivación y sentido, la empleabilidad asegura estabilidad y posibilidades de desarrollo. Herramientas como el portal mifuturo.cl, de la Subsecretaría de Educación Superior, permiten comparar tasas de inserción laboral e ingresos tras la titulación, ya sea al primer año o en periodos posteriores. La diferencia entre carreras puede ser significativa: mientras algunas alcanzan más del 90% de empleabilidad, otras apenas bordean el 20%.
Jaime Navarro añade que mirar la empleabilidad también exige matices. “Generalmente carreras tradicionales, como enfermería, veterinaria o kinesiología, tienen buenos niveles de inserción laboral, aunque pueden verse afectadas por los ciclos económicos. En cambio, hay disciplinas que ofrecen posibilidades de autoempleo, como psicología o animación digital, que no siempre se reflejan en las cifras oficiales de empleabilidad”, advierte.
Las miradas también varían según el tipo de formación: mientras en las carreras universitarias destacan los matices entre disciplinas tradicionales y aquellas con espacio para el autoempleo, en el mundo técnico y tecnológico resaltan cifras de inserción cercanas al 100%.
“Carreras como Climatización alcanzan casi el 100% de empleabilidad al primer año, mientras que Automatización y Robótica llega al 92%”, apunta Lucas Palacios, rector de Inacap. A su juicio, lo importante es no ver vocación y empleabilidad como caminos opuestos.
“Hoy es normal que una persona tenga varios roles o profesiones distintas a lo largo de su vida. Y eso no es un problema, es una oportunidad. Pero para aprovecharla, hay que estar preparado con herramientas que permitan reinventarse más de una vez”.