El epílogo del documental se centra en el perfil criminal de Alfredo Galán tras su detención, planteándose la pregunta de “¿por qué lo hizo?” más que solo “¿quién lo hizo?”. Los expertos analizan su relato de los hechos, su entorno familiar, su paso por la guerra en Bosnia y su posterior silencio o retractación.
Galán confesó que la idea de matar surgía de manera espontánea, sin una relación previa con las víctimas. Por ejemplo, en un caso dijo: “estoy sentado ante la televisión se me ocurre y ya está”. Eligió personas que no conocía, posiblemente para poder desaparecer luego con más facilidad.
El asesino mostró una frialdad extrema: durante el juicio no mostró dolor ni arrepentimiento. Fue diagnosticado con trastorno adaptativo con ansiedad y trastorno de personalidad, incluyendo rasgos esquizoides, narcisistas y psicopáticos. Expertos lo describen como un “acto de depredación humana”
Se analiza que su estancia como militar en Bosnia pudo marcar un cambio en él: la primera vez regresó “feliz”, la segunda “alterado” y armado. Su infancia también fue difícil: nacido en una familia humilde, con una madre que murió al dar a luz a una hermana, y un padre rígido con episodios de violencia.
Aunque Galán se entregó voluntariamente y confesó, luego negó y se retractó, dejando un aura de arrogancia (“se tenía que entregar porque la policía no lo iba a detener”). Las pruebas lo implicaban claramente (testimonios, casquillos), pero los expertos reconocen que no se llega “al fondo” de su mente: por qué exactamente hizo lo que hizo sigue siendo difícil de explicar.